
Medio en broma, medio en serio, mi mamá sugirió que fuéramos a pasar las 12 a la casa de Coti. Ello a raíz de que en mi casa seríamos sólo 4 personas, mis papás, mi hermana y yo; así a las 12:30 ambos hijos emprenderíamos rumbos propios y finalmente, el Año Nuevo sería una comida más, sin más gracia que los camarones y el filete. La miré y, aprovechando la parte medio en serio, me colgué de la mitad en broma... ¿Por qué no?, le respondí, allá estaría la familia de la Coti, la suegra, un hermano, una pareja de tíos, los primos y el Tatín. Había comida, fiesta, ánimo y los fuegos artificiales del Cerro Calán. Rayando para la suma, el Año Nuevo se nos presentó de repente como una alternativa a la visita de estilo, ese ritual soso y forzado donde los futuros consuegros se conocen, no hablan nada entretenido y la tensión de padres e hijos se puede cortar con tijera punta roma.
Fui a almorzar donde la Coti, ya que Benjamín iría a almorzar y yo aprovecharía de conocerlo y él a mí, por supuesto. (Esta historia sí que te la dejo a ti, mi amor.) Entonces, aproveché de proponerle pasar la víspera de 2008 ahí arrejuntando las cenas y las compañías que cada familia tenía programadas. Nerviosa, la Coti dijo que ya y la suegra, se mostró más tranquila, pero más entusiasmada que nosotros mismos. Versiones de pasillo revelan, eso sí, que al dejar yo la casa, corrieron menesteres especiales para recibir a los consuegros.
Me puse de verdad nervioso, cuando llegué a la casa y era mi papá el único presente en la casa y no me quedaba otra que comunicarle que pasaríamos la cena y las 12 donde la Coti, nosotros y su familia todos juntos. Le pareció raro, pero como es, entre sudokus y miradas por sobre sus anteojos para ver de cerca, dijo bueno y puso un seis en alguno de los cuadrados libres que le iban quedando.
Quedamos a las 21:00 y obvio que de mi casa no salimos antes de las 21:45. Llegamos los Echeverría con algunos minutos de desfase y no nos queda decir más que la recepción fue lo mejor que nos habíamos imaginado. La improvisación, el buen ánimo que es obligatorio la noche del 31, los kilos de comida y litros de bebidas, los conocidos en común y los parecidos físicos fueron creando más rápido que lento un ambiente simpático y sin maquetas ni planificación. Tanto así, que hasta pasó piola el que a mí se me haya olvidado pasar a comprar galletas de cóctel que se me había encargado.
Llegó el 2008 mientras cenábamos, y con éste los fuegos artificiales del Cerro Calán: 20 minutos del cielo iluminado con colores y una frecuencia llena de bombazos, cuerpos envueltos abrazos y almas colmadas buenos deseos nos dieron el vamos para este nuevo año. Un año especial, bisiesto, lleno de desafíos, con la agenda copada y completamente vacío de recuerdos. Un álbum de fotos en blanco, listo y dispuesto a llenarse cada día con la gestación de ésta, nuestra nueva familia.
A la larga, el 2008 no pudo empezar de mejor manera.
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